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Editorial del Programa ECOS del día 4 de Julio de 2026
Costos y riesgos de la nuclear

La energía nuclear se presenta como una promesa de estabilidad, pero en realidad es una apuesta desmesurada que excede la escala humana. No hay tecnología capaz de garantizar control absoluto durante siglos, ni presupuesto que contemple todos los escenarios posibles. Lo que se vende como “seguro” depende de sistemas complejos que, cuando fallan —por error humano, desastre natural o conflicto—, dejan consecuencias irreversibles.
Chernobyl lo recuerda con crudeza. El mayor dispositivo de contención jamás construido, levantado sobre el reactor destruido, costó más de 2.500 millones de dólares y fue financiado por decenas de países. Una obra pensada para durar cien años. Sin embargo, un dron —una herramienta relativamente simple y accesible— puede perforar esa estructura y obligar a pensar en reparaciones que rondan los 500 millones de euros. Años de ingeniería global y miles de millones invertidos puestos en jaque en cuestión de segundos. Esa es la verdadera escala del problema: no lo que cuesta construir, sino lo poco que se necesita para comprometerlo.
Esa fragilidad no es una excepción, es parte del sistema. Porque la energía nuclear exige condiciones perfectas en un mundo que nunca lo es. Y cuando algo falla, el impacto no es local ni momentáneo: se proyecta en décadas, en territorios inhabitables, en economías devastadas.
A eso se suma una derivación imposible de separar. La frontera entre lo civil y lo militar no es nítida: tecnología, materiales y conocimientos circulan en ambos sentidos. Cada reactor es también una pieza dentro de una arquitectura global que, en última instancia, sostiene la posibilidad de proliferación nuclear. No es una hipótesis extrema, es un dato histórico.
Y luego están los costos que no se ven en la factura eléctrica. Desmantelar una central nuclear implica miles de millones adicionales, durante décadas, con incertidumbres técnicas y financieras enormes. Y, sobre todo, están los residuos: materiales que seguirán siendo peligrosos por generaciones que no participaron de esta decisión, que deberán sostener vigilancia, infraestructura y riesgo sin haber recibido el beneficio.
Frente a todo esto, insistir en lo nuclear no es pragmatismo, es negación. Es sostener una tecnología que requiere perfección en un mundo imperfecto. Y cuando el margen de error es tan estrecho y las consecuencias tan vastas, la pregunta deja de ser si es eficiente o rentable. La pregunta es cuánto estamos dispuestos a arriesgar por algo que, claramente, se nos escapa de las manos.

